Unos meses después del traumático asalto en la presa Iturbide, en el que me robaron la dignidad, la fe en la humanidad y una campera de piel color marrón marca Members Only, me llegó la oportunidad de reparar la injusticia.

Estaba a la hora pico, en la estación del metro Pino Suárez, de la ciudad de México, una de las más concurridas, cuando a unos metros de mí, vi a un tipo con mi campera de piel. Con dificultad me acerqué en medio de la aglomeración y reconocí que era uno de los veinte asaltantes.

Había soñado con esta escena muchas veces, la había repasado en mi mente cientos de veces. Estaba preparado para este momento y ahora el asaltante estaba junto a la vía y yo parado atrás de él. 

Estaba seguro de que era él.

Pero el asalto fue en la oscuridad y el tiempo había distorsionado mis recuerdos.

Sin embargo, tenía mi campera, la que mis tíos me trajeron de Estados Unidos cuando la importación estaba cerrada, casi imposible que hubiera otra igual.

El metro ya se acercaba.

La noche del asalto, Llegaron veinte tipos con una calma y sangre fría, diciendo que eran policías y que iban a hacer una revisión por que había unos rateros asaltando, que todo estaba bien. Que nos iban a separar a las mujeres y a los hombres para interrogarnos. Así lo hicieron. Cuando empezamos a cuestionar porque llevaban lejos a las mujeres, nos hicieron acostarnos boca abajo con las manos en la cabeza y nos encañonaron. Unos minutos después comenzamos a oír los gritos de las mujeres.

Yo me levanté y siendo amistoso pedí permiso para ir con las mujeres. La respuesta después de dos veces que me dijeron que me acostara, fueron disparos a los pies. No me dio miedo tal vez por el vino que tomé o por la adrenalina, pero pensé que era mejor obedecer.

Cuando el tren estaba a unos metros, recordé el dolor que sentí a la mañana siguiente cuando procesé lo que había ocurrido. Empujé al tipo con odio y con fuerza, quien cayó a las vías y yo salí corriendo de la estación, mientras escuchaba gritos de terror.

Mi corazón palpitaba al borde de un infarto y me sofocaba.

Me senté en una banca en la parroquia de San Miguel arcángel.

Al calmarme, sentí el placer de la venganza y la disfrute por unas horas.

Cuando la adrenalina se disipó, mi sonrisa se desdibujó.

No sentía que el mundo fuera mejor y ahora había un asesino más.

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